Suleimán, el hombre de la CIA en El Cairo

Lisa Hajjar
Al Jazeera

El 29 de enero, Omar Suleimán, jefe supremo del espionaje egipcio, fue
nombrado vicepresidente por el tambaleante dictador, Hosni Mubarak.
Con el nombramiento de Suleimán, como parte de una reestructuración
del gabinete en un intento de apaciguar a las masas de manifestantes y
mantener el control de la presidencia, Mubarak ha mostrado una vez más
sus mañas y su astucia diabólica. El Gobierno de EE.UU ha preferido
durante mucho tiempo a Suleimán por su ardiente anti-islamismo, su
disposición a hablar y actuar con dureza en lo que respecta a Irán y
porque desde hace tiempo es el principal hombre de la CIA en El Cairo.

Mubarak sabía que Suleimán contaría instantáneamente con un lobby de
partidarios en Langley, entre los que tienen los ojos puestos en un
ataque contra Irán en Washington y entre otros regímenes autoritarios
dependientes de las policías secretas en la región. Suleimán es
también uno de los favoritos de Israel: estuvo a cargo del expediente
Israel y dirigió los esfuerzos de Egipto por aplastar a Hamás mediante
la demolición de los túneles que han funcionado como un conducto de
contrabando de armas y de alimentos hacia Gaza.

Según un cable diplomático estadounidense filtrado por WikiLeaks,
titulado ‘Sucesión presidencial en Egipto’ de fecha 14 de mayo de
2007:

“Se ha mencionado frecuentemente que Suleimán, jefe de la inteligencia
egipcia y consiglieri de Mubarak, será nombrado para el puesto de
vicepresidente, vacante desde hace tiempo. En los últimos dos años,
Suleimán ha salido de las sombras, ha permitido que se le fotografíe y
que se informe sobre sus reuniones con dirigentes extranjeros. Muchos
de nuestros contactos creen que Suleimán, por sus antecedentes
militares, al menos tendría que estar presente en cualquier escenario
de sucesión.”

Desde 1993 hasta el sábado, Suleimán fue jefe del Servicio General de
Inteligencia de Egipto. Durante mucho tiempo se mantuvo a la sombra,
hasta 2001, cuando comenzó a encargarse de cuestiones importantes en
el ministerio de exteriores; desde entonces se ha convertido en un
personaje público, como da fe el documento de WikiLeaks. En 2009, el
periódico London Telegraph y la revista Foreign Policy le declararon
el espía más poderoso de la región, incluso por encima del jefe del
Mossad.

A mediados de los años noventa, Suleimán trabajó de cerca con el
gobierno de Clinton en la planificación e implementación de su
programa de entregas; en aquel entonces, las entregas significaban
secuestrar a presuntos terroristas y transferirlos a un tercer país
para ser juzgados. En The Dark Side, Jane Mayer describe cómo comenzó
el programa de entregas:

«Cada entrega era autorizada por los más altos cargos de ambos
gobiernos [EE.UU. y Egipto]… El veterano jefe de la agencia central de
inteligencia, Omar Suleimán, negoció directamente con altos
funcionarios [de la CIA]. [El ex embajador de EE.UU. en Egipto,
Edward] Walker describió a su homólogo egipcio, Suleimán, como
‘brillante, muy realista’ y agregó conocer el lado malo que eran
‘algunas de las cosas negativas han realizado los egipcios, torturas,
etc.’ pero no es escrupuloso, por cierto’. (p.113)

«Técnicamente, la legislación estadounidense exigía que la CIA
obtuviera ‘garantías’ de Egipto de que los sospechosos entregados no
serían torturados. Pero durante el reinado de Suleimán en el Servicio
de Inteligencia egipcio, semejantes garantías no tenían prácticamente
ningún valor. Como testificó posteriormente Michael Scheuer, ex agente
de la CIA [jefe de la sección para al-Qaida] y uno de los creadores de
las prácticas en las entregas, incluso si esas ‘garantías’ hubieran
estado escritas en tinta indeleble, ‘no valdrían más que un balde de
escupitajos calientes’».

Bajo el gobierno de Bush, en el contexto de «la guerra global contra
el terrorismo», las entregas estadounidenses se convirtieron en
«extraordinarias», lo que significaba que el objetivo de secuestros y
transferencias extra-legales ya no era someter al sospechoso a un
juicio, sino interrogarlos para obtener información reutilizable. El
programa de entregas extraordinarios llevó a algunas personas a sitios
ocultos de la CIA y otras fueron entregadas para ser torturados por la
poderosa mano de otros regímenes. Egipto era uno de los destinos para
torturas a elegir, y uno de los preferidos bajo el mando de Suleimán,
el torturador en jefe de Egipto. Se tiene constancia de que al menos
una de las entregas extraordinarias entregada por la CIA a Egipto, el
ciudadano australiano nacido en Egipto Manduh Habib, fue torturado por
el propio Suleimán.

Suleimán el torturador

En octubre de 2001, las fuerzas de seguridad paquistaníes sacaron a
Habib de un autobús. Mientras estaba detenido en Pakistán, a
instancias de agentes estadounidenses, fue colgado de un gancho
mientras recibía descargas eléctricas. Luego fue entregado a la CIA, y
durante su traslado a Egipto recibió el tratamiento acostumbrado: le
desgarraron la ropa, se le introdujo un supositorio en el ano, le
pusieron un pañal y lo «envolvieron como si fuera un rollito de
primavera».

En Egipto, como cuenta Habib en su memoria: My Story: The Tale of a
Terrorist Who Wasn’t [Mi historia: El relato de un terrorista que no
lo era], fue repetidamente sometido a descargas eléctricas, sumergido
en agua hasta el nivel de sus fosas nasales y golpeado. Le quebraron
los dedos y le colgaron de unos ganchos de metal. Llegado a un punto,
su interrogador lo golpeó con tal violencia que se le corrió la venda
de los ojos, revelando la identidad de su torturador: Suleimán.

Frustrado porque Habib no suministraba información útil ni confesaba
su participación en actividades terroristas, Suleimán ordenó a un
guardia que asesinara a un prisionero encadenado frente a Habib, lo
que hizo con un feroz puntapié de karate. En abril de 2002, después de
cinco meses en Egipto, Habib fue entregado a los estadounidenses en la
prisión Bagram en Afganistán, y luego transportado a Guantánamo. El 11
de enero de 2005, un día antes del previsto para formular la
acusación, Dana Priest, del Washington Post, publicó una denuncia
sobre la tortura de Habib. El gobierno de EE.UU. anunció de inmediato
que no sería acusado y sería repatriado a Australia.

Un caso mucho más infame de tortura en el que Suleimán también está
directamente implicado es el de Ibn al-Sheikh al-Libi. A diferencia de
Habib, quien era inocente de cualquier vínculo con el terrorismo o la
militancia, al-Libi trabajaba supuestamente en el campo de
entrenamiento de al-Khaldan, en Afganistán. Fue capturado por los
paquistaníes mientras huía a través de la frontera en noviembre de
2001. Fue enviado a Bagram e interrogado por el FBI. Sin embargo, la
CIA quería hacerse cargo y lo hicieron. Fue transportado a un sitio
oculto en el USS Bataan en el Mar de Arabia y después le enviaron como
una entrega extraordinaria a Egipto. Allí, bajo tortura, al-Libi
«confesó» conocer la conexión entre al-Qaida y Sadam, y afirmó que dos
agentes de al-Qaida habían sido entrenados en Iraq en el uso de armas
químicas y biológicas. A comienzos de 2003, era precisamente el tipo
de información que buscaba el gobierno de Bush para justificar el
ataque contra Iraq y persuadir a aliados renuentes de que
participaran. Por cierto, la «confesión» de al-Libi fue una de las
«pruebas» clave que presentó el entonces secretario de Estado Colin
Powell ante las Naciones Unidas para que se considerara un caso de
guerra.

Ha resultado que la confesión fue una mentira que extrajeron los
egipcios a través de torturas. El ex director de la CIA, George Tenet,
describe el caso de al-Libi en sus memorias publicadas en 2007, At The
Center Of The Storm:

«En aquel entonces creíamos que al-Libi estaba reteniendo información
crítica sobre amenazas, de modo que lo trasferimos a un tercer país
para obtener más información. Se afirmó que lo hicimos a sabiendas de
que sería torturado, pero es falso. El país en cuestión [Egipto]
comprendió y estuvo de acuerdo en que retendrían a al-Libi durante un
período limitado. Durante los interrogatorios bajo custodia
estadounidense en Afganistán, al-Libi hizo referencias iniciales a un
posible entrenamiento de al-Qaida en Iraq. Se ofreció a informar de
que un militante conocido como Abu Abdullah le había dicho que al
menos tres veces entre 1997 y 2000, el ahora difunto dirigente de
al-Qaida, Mohammad Atef, había enviado a Abu Abdullah a Iraq para
formarse en venenos y gas mostaza.

«Otro detenido veterano de al-Qaida nos dijo que Mohammad Atef estaba
interesado en estrechar los lazos entre al-Qaida e Iraq, lo que, a
nuestros ojos, agregaba credibilidad a esta información. Entonces,
poco después del inicio de la guerra de Iraq, al-Libi desmintió su
historia. Ahora, repentinamente, decía que no hubo un tal
entrenamiento cooperativo. Dentro de la CIA, hubo una fuerte división
sobre su desmentido. Nos llevó a revisar su información y ahí empieza
el misterio.

«La historia de al-Libi indudablemente pasa por que decidió
inventárselo a fin de conseguir un mejor trato y evitar castigos
duros. Evidentemente mintió. Sólo que ignoramos cuándo. ¿Mintió cuando
dijo primero que miembros de al-Qaida recibieron entrenamiento en
Iraq? ¿O mintió cuando dijo que no lo recibieron? A mi juicio,
cualquiera de las dos posibilidades podría ser verdad. Tal vez en un
principio, bajo presión, supuso que sus interrogadores ya conocían la
historia, y la ‘confesó’. Después que pasó el tiempo y quedó claro que
no se le haría daño, puede haber cambiado su historia para confundir a
sus captores. Los agentes de al-Qaida están entrenados para eso
precisamente. Desmentir esta información restauraría su prestigio como
alguien que había confundido con éxito al enemigo. La verdad es que no
sabemos cuál es la verdadera, y ya que no lo sabemos, no podemos
suponer nada. (pp. 353-354)».

Al-Libi fue enviado finalmente a Libia, aunque se dice que paró en un
par de sitios en el camino, donde fue encarcelado. El uso de la
declaración de al-Libi en la justificación de la guerra de Iraq lo
convirtió en un inmenso lastre para EE.UU. una vez que quedó claro que
la supuesta conexión entre al-Qaida y Sadam era una mentira obtenida
bajo tortura. Su paradero fue, de hecho, un secreto durante años hasta
que, en abril de 2009, los investigadores de Human Rights Watch que
estaban investigando el tratamiento de prisioneros libios lo
encontraron en el patio de una prisión. Dos semanas después, el 10 de
mayo, al-Libi había muerto, y el régimen de Gadafi afirmó que se
trataba de un suicidio.

Según Evan Kohlmann, el favorito de los funcionarios estadounidenses
por ser «experto en al-Qaida», citando una fuente clasificada: «La
muerte de al-Libi coincidió con la primera visita del jefe del
espionaje egipcio, Omar Suleimán, a Trípoli».

Kohlmann conjetura y opina que, después que al-Libi se retractara de
su historia sobre la conexión entre al-Qaida, Sadam y las armas de
destrucción masiva, «los egipcios se sintieron avergonzados de
admitirlo y el gobierno de Bush se encontró en dificultades ante el
mundo. Entonces, en mayo de 2009, Omar Suleimán vio una oportunidad de
ajustarle las cuentas a al-Libi y viajó a Trípoli. Para cuando el
avión de Omar Suleimán partía de Trípoli, Ibn al-Sheikh al-Libi se
había ‘suicidado’».

Cuando el pueblo egipcio y el resto del mundo especula sobre la suerte
del régimen de Mubarak, debe tener muy clara una cosa: Omar Suleimán
no es el hombre que pueda llevar la democracia al país. Sus manos
están demasiado sucias y cualquier «estabilidad» que pudiera llevar al
país y a la región sería a un precio demasiado elevado. Por suerte,
los egipcios que llenan las calles y exigen una nueva era de libertad
también incluirán su salida del poder como parte de sus demandas.

Lisa Hajjar enseña sociología en la Universidad de California – Santa
Bárbara y es coeditora de Jadaliyya.

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