La transición egipcia

Gustavo de Arístegui

Egipto no es cualquier país árabe: uno de cada cuatro árabes es egipcio; y en el país del Nilo surgió el nacionalismo árabe, pues, más allá del ideólogo sirio Michel Aflaq –fundador del partido Baaz–, la figura del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser fue el símbolo del nacionalismo árabe contemporáneo. Egipto es también la cuna del islamismo radical moderno, pues el egipcio Hassan Al-Banah fundó allí la organización de los Hermanos Musulmanes en 1928. La ideología salafista tiene su primer antecedente en las ideas y en los escritos del muy radical intelectual Sayid Quttub, verdadero inspirador de islamismo radical y del yihadismo modernos.

Por otra parte, el Estado egipcio, con sus debilidades e ineficiencia, es muy grande y tiene presencia en todas partes del país, ejerce un poder real sobre el país, y las Fuerzas Armadas del país representan más de la cuarta parte del Estado, es decir que tiene un peso relativo en la sociedad egipcia infinitamente mayor que sus homólogos tunecinos, a los que el ex presidente Ben Alí mantenía deliberadamente debilitados.

Sin embargo, el régimen político que pretendía perpetuarse en el país había perdido contacto con su sociedad, había terminado por divorciarse de su propio país, ignorando las crecientes, si bien tímidas, muestras de descontento que venían sucediéndose en diferentes ámbitos de la sociedad. Parece claro que a la falta de libertades, a la pobreza y al desempleo se le vino a unir el latrocinio corrupto de ciertos responsables políticos. Muchos coinciden en señalar que lo que acabó por agotar la paciencia de unos y otros fue la indisimulada pretensión del presidente de convertir a la República Árabe de Egipto en un feudo privado hereditario, en la persona de su hijo Gamal Mubarak, a pesar de la oposición frontal de las Fuerzas Armadas, y el rechazo explícito de la opinión pública e incluso de muy amplios sectores del régimen y del propio partido de Mubarak el PND. Por otra parte, conviene tener en cuenta que en torno al 64% de los egipcios es menor de 30 años, y que, por lo tanto, nacieron en la era de poder de Mubarak, y que en consecuencia, la aplastante mayoría de los egipcios no conoce nada distinto desde que tiene uso de razón.
Mucho hablan expertos y enterados del elemento islamista, lo que los ignorantes llaman el elemento islámico; no conviene olvidar las constantes declaraciones de los Hermanos Musulmanes y otras organizaciones islamistas menos importantes, sobre la necesidad de elecciones inmediatas en el país. La urgencia para los islamistas es evidente: cuanto más pronto se celebren las elecciones más posibilidades tienen de llenar el vacío de poder o de conquistarlo por las urnas y una vez controlen el Estado, no los sacaría nadie de allí. De hecho, otros líderes islamistas como el argelino Abassi Madani lo decía sin sonrojo tras la primera vuelta de las elecciones argelinas de 1990, que una vez en el poder no haría falta convocar elecciones nunca más. Puede creer el lector que los islamistas egipcios no son distintos. Si los Hermanos Musulmanes llegan al poder, su agenda es conocida: establecer un régimen opresivo y medieval, convirtiendo al país más importante del mundo árabe en una bomba de relojería y en una amenaza en la región más delicada del planeta. Espero de verdad que la miopía irresponsable de algunos líderes mundiales a este respecto se corrija cuanto antes. No hay un proyecto islamista radical que no tenga estos objetivos, otra cosa bien distinta son los partidos políticos moderados de inspiración islámica, lo que se ha dado en llamar el “islam político”.

Los ritmos y los plazos de la transición son determinantes; si las elecciones se celebran en un plazo muy corto serían los islamistas radicales los que se harían con el poder. No olvidemos que la Constitución egipcia establece que si el presidente muere o dimite es reemplazado por el presidente del Parlamento y que se tienen que convocar elecciones en el plazo de dos meses. Este es el escenario que los islamistas radicales están intentando provocar, y dejaría a la incipiente y desorganizada oposición no islamista desarbolada y sin la más mínima posibilidad de éxito. Lo cierto es que figuras como Mohamed el Baradei –premio Nobel de la Paz y ex director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA)– no tienen arraigo popular. Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe, se presenta también como alternativa y se declara favorable a la inmediata dimisión del presidente, lo que no deja de resultar sorprendente viniendo de quien le debe toda su carrera a Mubarak, de quien fue ministro de Asuntos Exteriores y quien le propuso como secretario general.

Es esencial en estos momentos que la transición, sus plazos, equipos, mensajes, transparencia y credibilidad sean impecables, pues, de lo contrario, la inestabilidad, el caos y la violencia podrían extenderse al resto de la región. Estados Unidos está siendo un factor determinante en este momento tan delicado en el mundo árabe, la Unión Europea está francamente desaparecida y los análisis de muchos medios internacionales son preocupantemente elementales. Este es un punto de inflexión mundial; está por ver que estemos a la altura de sus retos.

*Gustavo de Arístegui es portavoz del Partido Popular en la Comisión de Asuntos Exteriores.

http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/opinion/transicion-egipcia-20110207

Deja un comentario

Archivado bajo Política

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s